Una sucesión de fragmentos de diversas obras célebres componen esta pieza teatral que surge del entrenamiento, la experimentación y el juego. Estamos ante una puesta minimalista que presenta a dos actrices al servicio del texto y, a la vez, una dependencia total de sus cuerpos para ejecutar una partitura que va vinculando y mezclando distintos personajes creados por William Shakespeare.

La dramaturgia está basada en el ritmo. Como una sinfonía, tiene puntos fuertes, movimientos estratégicos y momentos de calma. En esa búsqueda rítmica, a veces se mantiene el verso; a veces, se rompe.

No encontraremos en esta composición una estructura académica, sino una fuerte convicción de dos mujeres que interpretan múltiples personajes y se sienten interpeladas tanto en el plano artístico como en el humano.

Shakespeare es terreno seguro para la búsqueda; y aunque suene a paradoja hablar de seguridad y experimentación, en ese encuentro surge lo rico e inacabable de su arte. En palabras de Harold Bloom, tenemos que ejercitarnos y leer a Shakespeare tan tenazmente como podamos, sabiendo que sus obras nos leerán más enérgicamente aún. Si nos leen, siguen vivas.
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